Salvador Allende
Y se abrirán las grandes alamedas...

Salvador Allende

> La vía democrática al socialismo


 10 de septiembre de 2013

Corría el mes de septiembre de 1973 y Belén, mi hija, había cumplido su primer año. Todo era esperanza e ilusión comprometida, en la construcción de un futuro libre sin opresión, democrático y justo. El franquismo daba sus últimas bocanadas, pero todavía tendrían que producirse los últimos fusilamientos. Lejos de aquí, en Chile, comenzaba una trágica historia, una pesadilla de violencia y muerte, contra los Derechos Humanos, la libertad y la democracia. De ello, se cumplen ahora cuarenta años

Serían las dos de la tarde, hora española, cuando el 11 de septiembre, en Santiago de Chile, a través de las ondas de Radio Corporación, hablaba el Presidente de la República: «Informaciones confirmadas señalan que un sector de la marinería ha aislado Valparaíso y la ciudad está ocupada, lo que significa un levantamiento contra el Gobierno legítimamente constituido, amparado por la ley y la voluntad del ciudadano. Llamo a todos los trabajadores a que ocupen sus puestos de trabajo, concurran a sus fábricas, y mantengan la calma y la serenidad» Así comenzaba la crónica de un golpe de estado fascista, con la ayuda de los Estados Unidos de América del norte y de la iglesia católica vaticana, que oscureció la convivencia chilena, con la sangre de miles de asesinados y el sufrimiento de tantas víctimas.

Tras el golpe de estado, se instauró un régimen militar autoritario de extrema derecha sangriento. Durante dieciséis años y medio, se dedicó, sistemáticamente, a violar los DDHH. Más de 35.000 víctimas de prisión y tortura, tres mil ejecutados, 1.248 detenidos desaparecidos y cientos de niños robados. 200 000 personas exiliadas y cientos de miles, ingresados en los centros clandestinos e ilegales de detención. Se limitó la libertad de expresión, se suprimieron los partidos políticos y sindicatos y el Congreso Nacional fue disuelto. Chile se convirtió en un campo de concentración.

A las 8:45 AM, hora chilena, Salvador Allende vuelve a dirigirse a los «compañeros que le escuchan». Relata una situación cada vez más crítica. En el golpe de estado están participando la mayoría de las tres ramas del ejército y el cuerpo de carabineros. En su alocución dice no tener condición de mártir, pero sí de un luchador social que está cumpliendo la tarea que el pueblo le ha encomendado. El presidente tenía claro cual iba a ser su fin: «Si me asesinan, el pueblo seguirá el camino, quizás las cosas serán mucho más duras, más violentas, pero será una lección objetiva muy clara para las masas de que esta gente no se detiene ante nada». En un alarde virtuoso, de decencia y valentía, clama porque el proceso social no termine con su desaparición. «Permaneceré aquí en La Moneda, inclusive a costa de mi propia vida». Fue un suicidio, pero el disparo sonó como si hubiera sido fusilado, inmolado, en el paredón fascista de los traidores.

A las diez de la mañana, los tanques abrieron fuego y los cazabombarderos Hawker Hunter bombardean el Palacio de la Moneda. «Seguramente ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes», dice premonitoriamente. «Mis palabras no tienen amargura sino decepción. Que sean ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron ¡Yo no voy a renunciar! Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles de chilenos no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia la hacen los pueblos». Años después, la herida sigue abierta.

Agradeció a los trabajadores la lealtad que siempre tuvieron y la confianza depositada en él, intérprete de los grandes anhelos de justicia. A las 10:15, a través de Radio Magallanes —la única favorable al gobierno sin silenciar— emitió su último mensaje: «En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección: el capital foráneo, el imperialismo, unidos a la reacción, creó el clima para que las fuerzas armadas rompieran su tradición», y las botas negras de caña alta, pisotearon la dignidad del pueblo.

Se acordó de las mujeres de la tierra, las campesinas, las abuelas, las madres, los profesionales que siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, «colegios de clases para defender las ventajas de una sociedad capitalista para unos pocos». Se dirigió a la juventud, que cantó y entregó su alegría y su espíritu de lucha. «Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente; en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo lo oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder». Sabía de lo que hablaba.

Como si fuera un cantor, se le escucho declamar: «El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse». Mostró su fe en Chile y su destino hasta el final. «Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor».

Con el chasquido seco del fusil AK-47, dejaron de oírse las palabras de un hombre justo, un socialista comprometido con el ideal y con su pueblo, con la certeza de que su sacrificio no había sido en vano. El general encargado de tomar el Palacio presidencial, comunicó a la superioridad(Augusto Pinochet): «Misión cumplida. Moneda tomada, presidente muerto».

(*) Víctor Arrogante es profesor y columnista.

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