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Olvido e ignorancia

EDUARDO VERDÚ
EL PAIS | Madrid - 29-06-2004

En mi infancia las monedas se dividían en dos grupos. En unas Juan Carlos I posaba estilizado, joven y con pelo, un perfil propio de un monarca, una figura digna de mostrarse en la moneda de su reino. Pero ¿quién era, entonces, el otro personaje gordo estampado sobre los duros más desgastados? ¿Qué había hecho para merecer ser la cara de la cruz? Nadie me lo explicó. Para la mayoría de los españoles que nacimos en los setenta, Franco era un misterio que ningún adulto se atrevía a descifrarnos. Nuestros padres nos susurraban que fue malo, pero que no lo dijésemos en alto, delante del abuelo. No sólo el caudillo era un personaje críptico, sino términos como "los nacionales" o "los rojos" permanecían confusos e indefinibles.

Nadie nos ha contado la historia reciente de España en profundidad y de una manera más o menos objetiva. Durante nuestra infancia y adolescencia, fuimos adquiriendo información como de contrabando, datos contradictorios sobre la opresión fascista y la quema de iglesias, dependiendo de quien nos filtrase a medias la historia que intentábamos cuadrar como un puzzle. Un temible oscurantismo se ha cernido sobre el relato de la Guerra Civil y los cuarenta años de dictadura. La transición hacia la democracia requirió un borrón histórico que censuró la memoria de mucha gente y abocó a mi generación al desconocimiento. Para honrar y recordar a los republicanos condenados al silencio se celebró el viernes pasado un emotivo acto musical y literario en Rivas-Vaciamadrid. El homenaje, comprometido hasta el punto de servir Mecca-Cola en lugar del refresco capitalista, fue orquestado por el Ayuntamiento de Rivas, por la Fundación Contamíname y por la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica, una organización fundada hace tres años por dos jóvenes que buscaban rescatar el recuerdo y el cuerpo de sus abuelos abandonados en una fosa común.

Ahora, treinta años después de la muerte del caudillo, los vencidos comienzan a liberarse de su proscripción social. Hoy se empieza a poder hablar de los que perdieron el nombre en la historia o ni siquiera lo tuvieron en una lápida. Se está produciendo, poco a poco, una salida del armario del sentimiento republicano tan larga y dolorosamente reprimido. Precisamente la manifestación del Día del Orgullo Gay del sábado la encabezarán presos del régimen encarcelados por su orientación sexual. Además, Parla acaba de inaugurar una calle con el nombre de un falsificador de documentos para los luchadores antifranquistas. Pero no sólo hace falta resucitar la memoria que es, sin duda, una deuda con gran parte de los españoles, sino emplearla en educar a los jóvenes. Una vez que la juventud posea suficientes datos sobre lo que ocurrió durante la Guerra Civil y la dictadura, cuando tengan la oportunidad de escuchar tanto a los vencedores como a los vencidos, podrán ser conscientemente libres tanto para fundar una asociación que desentierre republicanos como para afiliarse al PP, el único partido que no participó en el homenaje oficial a las víctimas del franquismo celebrado en el Congreso hace siete meses.

Ahora que escampa el miedo, la vergüenza o la censura para hablar del último medio siglo de España es el momento para contar la historia, pero no sólo a los jóvenes, sino también a los niños, quienes ni siquiera tienen ya abuelos que hayan vivido la posguerra. La urgencia de comunicación con las nuevas generaciones es cada vez mayor. Hace un año escuché en la radio cómo Gemma Nierga le preguntaba a sus niños contertulios, capaces de razonar lúcidamente sobre el aborto y la eutanasia, quién era Franco. A ninguno de los cuatro o cinco chavales de unos diez años les sonaba el nombre. Finalmente uno de ellos creyó dar con la solución confesando que le resultaba familiar Leo Franco, aunque no estaba seguro de saber de quién se trataba. Leo Franco era entonces el portero del Mallorca.

Nierga hablaba con los chavales de Franco a raíz de la última novela de Juan Luis Cebrián, Francomoribundia, uno de los últimos libros publicados sobre los años finales del franquismo y la transición, una época que no sólo ayuda a explicar a nuestros abuelos, sino también a nuestros padres y, en consecuencia, a nosotros mismos. Hacer memoria es hacer justicia, saldar la cuenta pendiente con los agraviados por el olvido o la ignorancia.

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