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La
tienta
>> volver a Toro en el
campo
Se aprende mas
en una tarde d e
tentaderos que en una feria
entera. Me refiero a una tienta
seria con un torero sabio que no
tiene porqué ser un figura. A ser
posible retirado, con esa madurez
reposada de los toreros viejos que
estudian la reacción de la vaca
antes de dar un paso o un pase.
Recuerdo una mañana de agosto
donde solo estábamos en la plaza
Manolo Escudero, el vaquero y yo.
Retentamos unas vacas viejas
cuando compramos una parte de la
ganadería de Paco Belmonte de
Carlos Núñez, cuando tener Núñez
era un sueño de cualquier
ganadero; y yo tarde un mes en
deshacerme de esas vacas
conservando solo dos por el simple
detalle de ser coloradas. Porque
teniendo lo bravo de Arranz no iba
a caer en la estupidez de quedarme
con una ganadería “de moda” cuando
las modas son algo tan pasajero
que a estas alturas de los
innumerables ganaderos que
compraron Núñez, ya no embisten ni
los propios Núñez.
Aquellas vacas viejas y
astifinas parecían más grandes en
la soledad de la plaza y sin el
calor del publico. Pero algunas
salieron tan inocentonas y tan
olvidadas que el placer de torear
era muy superior al que pueda
sentirse ante una erala virgen.
Hubo un momento que Escudero dio
un respingo, tiró la muleta y
salió corriendo despavorido. Ni la
vaca ni el torero tenían nada que
ver con aquella espantada. Es que
en uno de los agujeros de la pared
había un avispero y cuando estaba
citando, Manolo sintió en un brazo
el aguijón de una avispa que le
produjo un pánico mucho mayor que
enfrentarse a la vaca cornalona.
Otro
día en la sierra de Madrid, cerca
de Colmenar, estrenaba su
ganadería murubeña ese gran
aficionado que es Antonio Méndez.
Allí estaba nada menos que
Gitanillo de Triana, retirado ya
hacia muchos años y Rafael Ortega
“Gallito”. Gitanillo murió poco
después, cuando volvía de una
fiesta en casa de Luis Miguel.
“Gallito sería años mas tarde el
que le veía y afeitaba los toros
(o así) de El Cordobés. Ver en el
campo, en una incomoda plaza
cuesta abajo, el embrujo de la
gitanería de dos toreros viejos es
de los recuerdos que perduran
siempre. Como ver a Pepe Luis
Vázquez enfadarse un día en Utrera
y echarle las dos rodillas al
suelo a una vaca de Guardiola. O
estar dos días encerrado en la
finca de Alfonso Lacave perdida en
lo más agreste de los montes de
jerez con el gordo, calvo y
barrigón de Rafael Ortega que ha
sido uno de los toreros más puro y
auténtico de los últimos treinta
años. Prototipo de lidiador
clásico torero profundo al que no
le hicieron justicia los críticos
de la época (vendidos a Luis
Miguel y a Ordóñez) pretendiendo
que pasara a la historia como un
gran estoqueador cuando siendo un
maestro del volapíe, tenía mucho
más mérito su forma de hacer el
toreo autentico. Pero Rafael era
gordo, calvo, sin leyendas y sólo
podía gustar a los verdaderos
aficionados.
Recuerdo otro tentadero con
domingo Ortega y Antonio
Bienvenida, cuando Domingo tenía
ya cerca de setenta años y toreaba
con guantes y los viejos zahones
encima de un jersey azul asomando
las puntas de una camisa blanca.
Llevaba un lacio sombrero gris con
las alas caídas y unas gafas de
cegato como el culo de un baso.
Antonio Bienvenida y yo lo
mirábamos absortos como paraba las
becerras sin mover más que los
brazos y cómo las dejaba en suerte
al caballo con un solo capotazo,
templado y preciso. Luego le
echaba “las bendiciones” que era
el acto de supremo dominio, cuando
al rematar el capotazo hacía un
gesto con la mano y se marchaba
andando de espaldas a la vaca, muy
despacito, sabiendo que no iba a
moverse hasta que no la citara el
picador.
Recuerdo cuando el tentadero
era un rito solemne y se guardaban
las formas y las normas, cuando
llegaba al "Rual” de los Pachecos
Parrita y Manolo, dos Santos que
ya llevaba encima el sello de
perfilerismo decadente que trajo
Manolete y yo me escapaba de la
escuela y cogía la yegua del prado
de la Marquesa y me iba montado a
pelo con un ronzal en vez del
bocado para que no se enteraran en
casa. Y luego los Pachecos no me
dejaban torear si no llevaba un
permiso de mi padre por escrito.
Allí en aquella plaza chica y
costanera perdida entre las
encinas vi la primera vez a un
venezolano desconocido que no
llevaba encima más que un jersey
raído por donde se colaban los
aires helados de antaño. Era Cesar
Girón, que esa misma temporada ya
se hizo figura. Un torero de casta
donde los haya, aunque no encajara
en mis gustos.
Poco a poco, a medida que pasaban
los años, el campo iba degenerando
y las tientas se tomaban mas a
chirigota. Sin la seriedad que
deben tener estas cosas. Una
Semana Santa nos fuimos a vivir a
la finca de Manzaneda, un
millonario solterón al que
llamaban en Salamanca “El Gran
Visir”. Aquello fue una tormenta.
Estaban El Tino de Alicante, El
Turia, Rogelio Madrid que luego se
hizo artista de cine, los dos
Pirri, Parrita de Triana que murió
en un accidente al tragarse la
dentadura. Tentábamos la ganadería
entera y cada vaca era una guerra
porque todos queríamos salir a la
vez.
Recuerdo otro tentadero en
una finca cercana a Palma del Río
donde el ganadero tenia una corte
de chavalillos que querían ser
toreros y los tenia para todo,
para mozo de comedor, para los
recados... y decían las malas
lenguas que para más cosas cuando
se hacía de noche. Allí me llevó
Luis Segura que se murió de un
infarto toreando en un festival.
Poco a
poco van cambiando el sentido de
las tientas. No es lo mismo ver a
Pepe Luis o a Rafael Ortega o a
Gitanillo que ir, como aquellos
tres días en Huelva, con Tomás
Prieto de la Cal en “La Ruiza”
donde todos estábamos locos por
tirarnos a una doncella preciosa y
luego resulta que era una putilla
que se había traído Tomas desde
Madrid para que le calentara la
cama.
Pero
de las tientas hay mucho que
hablar. Ahí está el secreto de las
buenas ganaderías y la verdadera
técnica del toreo. Seguiré
escribiendo de la técnica de poner
a una vaca en suerte y de cuando
un día en la finca de Felipe
Laffita mis hijas y Julito
Aparicio le rayaron con unos
cristales el “Mercedes” de Colás
Aparicio padre y había que ver y
oír al maestro de la Fuente del
Berro, invocando a Herodes.....
Tientas de hembras
Esta faena de campo, dentro de la
ganadería de bravo, es
imprescindible y fundamental pues
de ello depende en gran parte el
buen resultado, funcionamiento y
productos de la ganadería.
Consiste en “medir” a cada hembra,
tanto en el caballo, -viendo la
bravura y acometividad-, como en
la muleta calibrando su embestida
y nobleza.
Para picar siempre se pondrá el
picador contraquerencia, es decir,
en el punto diametralmente opuesto
a la salida de la vaca, en esta
situación se coloca a la hembra a
la distancia que requiera su
embestida, y tantas veces como
cada ejemplar se estime oportuno. |